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Comportamiento - 17/05/2018

Los riesgos del ciberbullying: el profesorado y su responsabilidad

4 min Tiempo de lectura

El profesorado debe mostrar su compromiso contra el acoso, el maltrato y la violencia entre iguales. Y, en este contexto, las actuaciones para prevenir, detectar e intervenir en situaciones de ciberbullying han de considerarse imprescindibles. No es fácil, nunca lo es. No es fácil detectar, en muchas ocasiones. Con los tiempos de que se dispone en los centros educativos, el ir de aquí para allá, las exigencias del día a día, los fuegos que han de apagarse ordinariamente trabajando con niños, niñas y adolescentes. No es fácil ver, ni actuar, claro, cuando los comportamientos indeseables no se dan mientras estamos ahí, ante ellos y ellas, en el complejo proceso de enseñar y aprender. No es fácil intervenir, tampoco. Incluso cuando ya se ha hecho evidente las conductas que inflige el daño a otros en forma de insultos, vejaciones, desprecios… Especialmente cuando estas acciones se desarrollan en el entorno digital. Y de las que conocemos sobre todo por las evidencias (pantallazos de las conversaciones, imágenes o vídeos difundidos o alojados en canales de internet…) y por los efectos que provocan en las víctimas. Y que son mostrados y en su caso denunciados por éstas o sus padres.

El ciberbullying revela muchos recelos. ¿Ha de intervenirse en acciones que no se desarrollan en los espacios físicos de las escuelas? ¿Tenemos esa responsabilidad?, se han preguntado y preguntan aún no pocos profesores y miembros de equipos directivos. La respuesta a estas preguntas es claramente sí. Hay que actuar. Y así está establecido normativamente.

No es infrecuente entre el profesorado el miedo a equivocarse, a dar pasos inadecuados que, incluso, pueden alterar las exigencias de los procedimientos. No es sencillo hilvanar cada acción, con chicos y con sus padres. Con otros profesores, incluso. Pero hemos de hacerlo. Multiplicarnos si es preciso para generar seguridad, cercanía, amabilidad, compromiso e implicación. Y construir modelos de convivencia pacífica.

A veces no es fácil ver. Y saber qué pasa a ciencia cierta. Y hacerlo bien tras la evidencia de que pasan cosas que no deberían pasar. Pero se han de articular, entre todos, procesos y procedimientos claros, conocidos, elaborados por todos y todas las que configuramos la comunidad educativa en la que trabajamos. Nuestros alumnos deben saber que están seguros. Y sentirse seguros. Seguros, también, de poder hablar sin miedo. A la mayor brevedad. Con confianza y esperanza. Sin dudas.

Y esto pasa por que los profesores nos mostremos. Hacernos ver. Hacer ver a nuestro alumnado que estamos ahí. Que somos algo más que expertos en las asignaturas que impartimos. Que somos personas. Que nos importan nuestros alumnos. Hemos de decirles, alto y claro, con palabras y sin ellas, que estamos del lado de todos, pero especialmente de los que más dificultades van a tener y tienen. Entre otras cosas, en su capacidad para afrontar las relaciones interpersonales, para encarar las dificultades de trato. En ocasiones con resultado muy doloroso. Sobre todo con quienes llevan tiempo aprendiendo que lo mejor es bajar la cabeza y no hacer. No decir nada. Por si acaso, para evitar males mayores. Especialmente atentos y solícitos hacia quienes suelen callar ante lo adverso, tragarse sus miedos, agacharse sin más. Como quien no existe, como quien desea, solo, que la tierra se abra bajo sus pies y pueda desaparecer…

Y esto, el compromiso y la implicación contra el acoso entre iguales y el ciberbullying pasa por hacer explícito que la violencia, con nosotros, es inaceptable. En cualquiera de sus formas o manifestaciones, intensidad o naturaleza. Se trata de prevenir, claro. Y de educar, en el sentido amplio del término. Y desplegar la empatía, la cercanía, la solidaridad, el apoyo mutuo, la sensibilidad entre nuestros chicos. Y la compasión, la ternura y la humanidad. Como instrumentos esenciales para la dignidad de trato, la paz y la convivencia democrática. Se nos pide que estemos, que seamos, que nos hagamos notar. También en esta responsabilidad. Que es nuestra. Y demos participación y protagonismo a nuestros chicos y chicas en esta tarea. Están mucho más cerca de hacerlo bien de lo que pensamos.

En todo caso, los centros educativos deben incorporar acciones específicas:

  • Revisar el Plan de Convivencia, analizar sus puntos fuertes y débiles y decidir diseñar y desarrollar un programa para la prevención del acoso escolar y del ciberacoso.
  • Promover la creación de un equipo para la prevención del acoso escolar, integrado entre otros posibles, por responsables de convivencia del profesorado, y en especial, al menos, un miembro del Equipo Directivo, un tutor, el orientador del centro, ayudantes de convivencia de cada grupo-aula y/o equipo de ayudantes de convivencia de cursos superiores.
  • Revisar la ejecución de los planes de acción tutorial e incluir el desarrollo de acciones específicas para la reflexión, información y sensibilización sobre el fenómeno del acoso escolar y del ciberacoso, en torno a un tercio del horario establecido para la tutoría en el curso escolar.
  • Incorporar acciones de prevención y sensibilización en materia del uso de las TIC por el alumnado, apelando especialmente a la educación en ciudadanía digital ética y responsable.
  • Potenciar la acción de sensibilización del colectivo de padres y madres, aprovechando la participación y el protagonismo del alumnado ayudante en talleres específicos.
  • Realizar una evaluación de las actuaciones desarrolladas en cada uno de los ámbitos, documentar el proceso y los resultados, elaborar un informe específico de la experiencia desarrollada.

Ha llegado el momento de construir un camino seguro, estable, planificado, compartido. Ha llegado la hora de trazar planes que sigan una ruta de acciones flexible, pero amplia y colaborativa.

 

Autor: José Antonio Luengo Latorre, psicólogo, Equipo para la prevención del Acoso Escolar en la Comunidad de Madrid y colaborador de Dialogando.

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